Rosario

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Marcos Juárez

Alerta en la zona núcleo: Cuando el clima golpea, la prevención deja de ser una opción

Una vez más, el clima recordó que en la zona núcleo no todo se mide en milímetros de lluvia ni en rindes por hectárea. También hay que medir la capacidad de las ciudades y de las comunidades para responder cuando un fenómeno meteorológico intenso aparece de manera repentina.

28-08-2026

La tormenta que recorrió parte de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos dejó daños materiales, viviendas afectadas, árboles derribados y familias que debieron ser asistidas

En Las Rosas, una de las localidades más castigadas, se contabilizaron 29 viviendas con daños de distinta consideración y dos familias evacuadas. El dato más importante, por fortuna, es que no hubo víctimas ni heridos.

En el campo, el panorama fue considerablemente menos preocupante.

El granizo no habría tenido el tamaño suficiente para generar pérdidas importantes y, además, la cosecha de maíz ya había concluido en buena parte de la región. El trigo recién implantado aparece como el cultivo que merece mayor atención.

Pero sería un error mirar el episodio solamente desde la perspectiva productiva.

La zona núcleo es una de las regiones agrícolas más importantes del país y está acostumbrada a convivir con tormentas, lluvias intensas y cambios bruscos de las condiciones meteorológicas. Lo que no debería convertirse en costumbre es que cada temporal importante encuentre a las comunidades nuevamente expuestas.

Los daños en viviendas, la caída de árboles y las voladuras de techos no son solamente una consecuencia inevitable de la naturaleza. Frente a fenómenos que no podemos impedir, sí existe un margen para reducir sus efectos.

La prevención, el mantenimiento de los espacios públicos, el control del arbolado, el estado de los techos y de las instalaciones, los sistemas de alerta y la coordinación entre municipios y organismos provinciales forman parte de una misma responsabilidad: estar preparados antes de que llegue la tormenta y no solamente reaccionar cuando ya pasó.

También es justo destacar la respuesta posterior. La asistencia a las familias afectadas y la presencia de los organismos de emergencia son fundamentales cuando una vivienda queda dañada o una familia debe abandonar momentáneamente su casa. Pero la emergencia no debería comenzar cuando el viento ya está derribando árboles.

El desafío es anticiparse.

Cada tormenta deja información. Dónde se produjeron los mayores daños, qué sectores quedaron más expuestos, qué infraestructura respondió adecuadamente y cuál necesita ser revisada. Transformar esos datos en decisiones concretas es, probablemente, la mejor manera de aprovechar una experiencia que nadie quisiera repetir.

El episodio pasó y, en términos generales, el balance pudo haber sido mucho peor. Eso también debe decirse. No hubo que lamentar vidas humanas y el impacto sobre los cultivos parece, al menos inicialmente, limitado.

Pero la tranquilidad del día después no debería hacernos olvidar lo ocurrido.

En una región donde la actividad agropecuaria y la vida urbana conviven estrechamente con el clima, prepararse para los eventos extremos ya no puede considerarse una tarea secundaria. Es parte de la planificación cotidiana.

La próxima tormenta llegará, como siempre. La diferencia estará en cuánto nos encuentre preparados.

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